Las gatas de Elisa

Profesaba a sus gatas un amor humano. Con ellas compartía espacio y mucho tiempo en su pequeño apartamento palmesano. Les hablaba, las mimaba -en exceso, quizás. Diríase que eran su familia, claro que lo eran, a pesar de la independencia extraña que suele caracterizar a muchos mininos domésticos, en este caso íntimamente relacionada con la de su propia dueña, una mujer con atractivo, sigilosa y demasiado habituada a la soledad, como sus gatas.

Cuando la conocí y hasta que la traté Elisa no vivía sola, vivía con sus gatas, Chaina y Lala. Ambas la recibían en la puerta como si acabara de llegar su madre y ella como si se reencontrara con sus hijas a las que acomodaba en su cama o en la mesa en la que almorzaba. Sentían devoción mutua. No es una exageración. Su rostro se iluminaba cuando estaba ante ellas. Había una ligazón invisible, tan certera como difícil de entender en ocasiones.

Un desconocedor del universo de las mascotas como el que suscribe tardó tiempo en entender esa melindrosa relación de la que siempre se sintió ajeno por propia voluntad, aunque en los últimos meses mejoró el trato recíproco de los animales con aquel hombre que invadía su espacio y les robaba la atención de su ‘madre’ con cierta frecuencia.

La pasada semana el Congreso de los diputados aprobó por unanimidad que los animales dejen de ser considerados cosas y, en cambio, sean reconocidos jurídicamente como seres vivos. La proposición de ley impulsada por el PP busca eliminar la cosificación jurídica de los animales y que estos sean tratados como «seres vivos dotados de sensibilidad». Los jueces deberán decidir sobre su custodia y régimen de visita en las separaciones de sus deños, por ejemplo.

Es un paso adelante que debe modernizar a la sociedad en el reconocimiento a los animales domésticos. Elisa, tan animalista, y sus gatas, tan mimetizadas a ella, habrán recibido la noticia con alegría aunque las tres ya habían dado ese paso hace tiempo.

 

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