Archive for Agosto, 2017

Paseo de muerte en una calle de vida

Viernes, Agosto 25th, 2017

Por múltiples razones, unas de obligación y otras de devoción, los menorquines se han sentido históricamente más próximos a Barcelona que a las islas vecinas del Archipiélago. En función de ese mismo vínculo que aproxima a la ciudad condal como punto de referencia con mucha más asiduidad que a Palma, por poner un ejemplo, el dolor brutal desparramado en las Ramblas hace una semana lo hemos experimentado tan cercano, tan propio, casi tan nuestro.

Cualquiera de los miles de isleños que pasan o viven en la gran urbe catalana podrían haber sido atropellados por el vehículo de la muerte que conducía el asesino yihadista intoxicado por la cultura del odio a otra religión.

Sería difícil encontrar a un menorquín que no haya caminado alguna vez por ese paseo universal que une la Plaza Cataluña con Colón, una calle otrora vanguardista donde antes de la irrupción del turismo aparecían personajes de lo más insólitos. «Lo que no se vea en las Ramblas no se ve en ningún sitio», decía el padre de quien suscribe cuando la recorríamos muchos domingos en los 70 mientras los vendedores ambulantes anunciaban ‘el gole’, apenas una hoja con los resultados recientes de los partidos de fútbol. Entonces, incluso, llamaban la atención las personas de color que por allí caminaban.

Ya nada es lo mismo. Las Ramblas ya no sorprenden a nadie porque todo nos parece cotidiano en este mundo globalizado. Si acaso la diferencia radica en que la hermosa vía está ocupada por los turistas y apenas la frecuentan los propios barceloneses.

Tampoco será lo mismo regresar a Barcelona y recorrer las baldosas onduladas del centro de ese enclave emblemático de la ciudad. Recordaremos que un 17 de agosto una furgoneta blanca completó más de medio kilómetro eliminando 14 personas absurdamente a su paso convirtiéndola en un paseo de muerte. Ocurrió precisamente en las Ramblas que siempre había sido y seguirá siendo una calle de vida.

 

 

Turismo, fobia y jóvenes

Viernes, Agosto 18th, 2017

Afortunadamente en Menorca no hemos sufrido ninguna secuela relacionada con el vocablo de moda de este verano, la turismofobia. Se trata de una tendencia agresiva, violenta, practicada en Barcelona, Palma e incluso el País Vasco, eso sí, por una minoría extremista y radical que sin embargo puede tener su incidencia en futuras temporadas a partir del eco que se está haciendo la prensa internacional.

Sería del género estúpido dispararnos al pie de la industria que sostiene el empleo en la Isla y más riqueza genera entre el empresariado insular. Querámoslo o no somos prisioneros de un monocultivo económico que, en ocasiones, tiene como efectos colaterales la sobreocupación del territorio -¡qué decir de la carretera general o las playas vírgenes!- y el individualismo exacerbado que se relaciona en según qué casos con la explotación de los trabajadores del sector. Todo encaminado a obtener la máxima rentabilidad del entorno natural que nos diferencia del resto y atrae a la masas europeas.

En Barcelona, por ejemplo, la ciudad cosmopolita se está transformando en una urbe pensada, casi en exclusiva para el negocio, en lugar de mejorar las condiciones para quienes la habitan durante todo el año.

Los barrios de siempre ya sufren el avasallamiento de los visitantes gracias a los alquileres turísticos que, como consecuencia, están multiplicando los precios para quienes realmente los precisan. Y esa sí es una cuestión trascendental en la gran ciudad. La turismofobia, en todo caso, no aparece como una solución sino como una radicalización y propagación del problema. Quizás, en lo que a Menorca se refiere, sería más apropiado en aras a neutralizar el avance descontrolado del turismo que sobrepasa la capacidad sostenible de la que disponemos, debatir no ya cómo hacerlo.

Se trataría de profundizar en la recuperación del trabajo cualificado que aportarían aquellos jóvenes obligados a buscarse la vida en otros lares. En sentido inverso, ellos también sufren la turismofobia.

 

Una tarde en la playa

Viernes, Agosto 4th, 2017

31 de julio, primer día vacacional. 15:30 horas, carretera general hacia Es Mercadal para tomar la de Tramontana en dirección a Cavalleria, una playa virgen de cómodo acceso que ofrece un perfil fantástico desde cualquiera de las posiciones que la contemples.

Ritmo pausado en el trayecto por mor del tráfico. No importa el tiempo, “keep calm”, acabamos de estrenar las ‘vacatas’. Parada en el súper del pueblo para provisión de agua y directos a la playa. Aparcamiento más o menos organizado y tremenda fortuna. Donde el que va delante no se atreve a aparcar, el que suscribe borda una maniobra perfecta y encaja el vehículo a la primera. Sombrilla, mochila, sombrero, toalla, agua, libro, gafas de sol, móvil… lo llevamos todo, incluso el calor asfixiante.

El camino hasta la playa parece el Carrer Nou de Maó en hora punta. Colas para hacerse fotos en el mirador y turnos para descender por la escalera hasta la arena. Se me cruza un zombi con el barro extendido por su cuerpo (¡ya verás cuando quieras quitártelo todo, majo!)

Y llega lo más difícil. Comienza la carrera de obstáculos. Que si los castillos de arena, que si la sombrilla, que si la toalla… el argentino que vocifera que tiene cervezas y zumos. La playa está literalmente ocupada como nunca antes la había visto. Un espacio libre cerca de la orilla permite nuestro acomodo. Niños con la pelota, niños con las palas y de pronto… aparecen ellos cuatro, plantan sus toallas detrás de nosotros y conectan la música reggaetón a toda máquina.

Baño, lectura, baño, mimetismo al entorno sin más y hacia casa. En algún momento de la tarde, lo admito, he añorado el aire acondicionado de la redacción, algún suceso interesante que otro y la tranquilidad del estresante trabajo diario. Debo hacérmelo mirar. Me voy.

25 años después de Barcelona 1992

Martes, Agosto 1st, 2017

Han transcurrido exactamente 25 años de aquellos quince días que modificaron para bien la imagen que proyectaba este país al exterior. El 25 de julio de 1992 Barcelona, Catalunya, España, en definitiva, penetraban por las pequeñas pantallas de todo el planeta con la mayestática ceremonia inaugural de los que hasta entonces fueron los mejores juegos olímpicos de la era moderna.

Barcelona consumaba así su vertiginosa transformación urbanística ideada por el que fue su alcalde más determinante del pasado siglo, el socialista Pasqual Maragall.

La ciudad se abrió al mundo, Catalunya mostró parte de su singularidad y belleza y España se manejó como un país dinámico y creativo que había dejado atrás, definitivamente, el blanco y negro de la dictadura. Había sido capaz de organizar con precisión extraordinaria la cita mundial de mayor trascendencia.

Fernando Rita, los voluntarios menorquines de la organización y dos periodistas, uno de ellos de este diario, fueron la cuota insular que participó directamente en aquellos juegos inolvidables. El regatista mahonés, primer menorquín que llegaba a la villa olímpica después de 72 años -el anterior había sido Diodoro Pons en Amberes 1920- fue uno de los 430 deportistas españoles seleccionados para la gloria.

España tradujo el plan ADO en el mayor botín de medallas (22) que jamás había conseguido ni ha vuelto a conseguir desde entonces.

El ‘dream team’ con Michael Jordan y Magic Johnson, Fermín Cacho, Carl Lewis, Montserrast Caballé, ‘Cobi’, «amigos para siempre»… nombres y temas legendarios de aquella cita que tuvo como colofón un hecho insólito, difícilmente repetible. Fue el 8 de agosto, sábado, en el Camp Nou con la final de fútbol entre España y Polonia. 95.000 personas prestando apoyo entusiasta a una causa común: el triunfo de la selección nacional. Miles de banderas españolas coexistieron con las senyeras catalanas y un desenlace apoteósico, feliz. Ganó España.