Trump, la fiesta y el coma etílico

Arrasados por el huracán ‘Trump’ y el debate que ha suscitado su elección de la utopía a la realidad dejando ‘retratados’ -como diría Pedrerol-, a sesudos analistas, sociólogos y dudosos encuestadores, la actualidad acelera y deja atrás cuestiones trágicas y más trascendentes que este arribista azaroso de mujer imponente y cabellera anaranjada.

Si el nuevo morador de la Casa Blanca asusta en función de las bravatas de campaña que han acabado con la burócrata de los Clinton, a uno le causa hoy mayor preocupación la juventud que viene y algunos hábitos perniciosos que cruzan el charco. España es un país de fiesta y de fiestas más que suficientes como para que además se incorporen las que llegan del otro lado del Atlántico.

Pudo haber sido cualquier noche pero fue en la celebración del «jalogüín» americano, ya asimilado por los nuestros como una excusa más para la juerga, cuando una niña de 12 años -12- perdió la vida en un pueblo de Madrid al sufrir un coma etílico por la ingesta de alcohol, ron y vodka, del que no se recuperó. «¿A qué no te bebes otro vaso, venga otro, y otro más…» pudo ser la conversación previa de su círculo de amistades al estado comatoso que la llevo a la muerte. Ese sí es un drama irreparable que no debería quedar como un suceso más porque escenas similares ocurren a diario aunque no tengan un final trágico.

La práctica del botellón está peligrosamente extendida entre la adolescencia y la juventud. Sin ir más lejos, las fiestas de los pueblos menorquines ejemplarizan esa mala costumbre que daña la vista cuando los ves pasear con la botella de pomada a cuestas a tan tempranas edades.

El adolescente es vulnerable, desconoce el peligro que solo puede advertirle una educación en la que se transmitan valores, conocimiento y consecuencias. Luego podrán ser zarandeados por las malas influencias, en muchas ocasiones incontrolables, pero una base educacional es la clave para eliminar posibilidades de caer en los precipicios de la vida.

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