Reuniones familiares

Nochebuena y Navidad. Nochevieja y Año Nuevo. Reyes. Cenas y comidas pantagruélicas (¿por qué tanto manjar, incluso en tiempos de carestía?). Brindis, propósito de cambio, de buenas intenciones, felicitaciones, visitas a los seres más queridos. Reencuentros inducidos, naturales o forzados… una inconfundible prestancia familiar manifestándose por encima de otras inquietudes según el segmento de edad que nos catalogue.

Decía Oscar Wilde que la experiencia no tiene valor ético alguno, es simplemente el nombre que damos a nuestros errores. El célebre dramaturgo irlandés, un excéntrico avanzado a su tiempo, fue, sin embargo, coherente con esta percepción cuando antes o después también escribió que la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella. Es decir, que los errores acumulados en la existencia, según el autor de “El retrato de Dorian Gray”, no garantizan la abolición de las equivocaciones. Manda la tentación.

Así, en las reuniones gastronómicas navideñas repetimos, prácticamente, todo, lo bueno y lo malo, año a año, langostino a langostino, turrón a turrón. Abrazos y besos sinceros -el vínculo de la sangre ejerce una atracción perenne- carcajadas espontáneas, ironía constante y discusiones, casi siempre, absurdas… forman parte del paisaje que adorna cada uno de los encuentros de estos días. Ahí sobresale la cita de Wilde. La experiencia no tiene valor ético, es simplemente el nombre que damos a nuestros errores, aunque uno no esté necesariamente de acuerdo con el novelista.

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